martes, junio 19, 2007

Lolita (y II)

A propósito de lo escrito el otro día sobre Lolita, hoy he estado discutiendo con un compañero que había leído el blog sobre el consabido tema de las adaptaciones al cine de obras maestras de la literatura. Sin entrar a valorar el tópico “el libro siempre es mejor que la peli” (quienes esto sostienen obvian libros infumables sobre los que se han hecho obras maestras del cine, como Parque Jurásico y tentado estoy de poner hasta El Padrino, pero no lo he leído), hemos discutido sobre la posible condición canónica de la adaptación de la novela de Nabokov que hizo Kubrick.

No vamos a decir que Lolita película sea mejor que Lolita novela, porque no lo es, pero sí que hace lo que debería hacer toda adaptación de un medio narrativo a otro, esto es: no intentar suplir al artefacto original, no suplantar al libro, sino aportar una visión de él, una interpretación que a la postre complementa y amplía la lectura. Así nos encontramos con que la peli se hace fuerte en aspectos que el libro desarrolla poco o casi olvida, ampliando nuestra visión y aportando nuevos matices.




Por ejemplo, el personaje de Quilty en el libro está solamente esbozado, casi no aparece hasta el final y todo lo que se sabe de él son referencias indirectas y elucubraciones del atormentado Humbert. En la peli, sin embargo, este personaje está más desarrollado, convirtiéndose en algo que el libro solamente insinúa: la Némesis perfecta de Humbert, un tipo perverso y tremendamente inteligente, su opuesto y sin embargo su igual, su hermano. No debemos olvidar que Kubrick contó con la privilegiada ayuda de Nabokov para elaborar el guión, por lo que no sería de extrañar que después de haber publicado la novela este personaje siguiese creciendo en su mente y esto quedase plasmado en la peli. Además, para interpretar a Quilty se contó nada menos que con Peter Sellers quien hizo mucho por aportar ese matiz de perversión , en uno de los papeles más interesantes que interpretó en su carrera.

Por otro lado el personaje de Lolita en el libro se mueve constantemente en la ambigüedad: nunca llegamos a saber si realmente es una astuta muchacha, consciente del efecto que tiene sobre los hombres y capaz de usar este efecto para jugar con ellos, manipularles y obtener lo que desea, o una inocente adolescente, víctima de la imaginación de Humbert que proyecta sobre ella todo ese poder y esa malicia. En la peli esta balanza se resuelve en mi opinión hacia la primera de las opciones: la elección casi obligada de Sue Lyon para el papel (la Lolita original tiene doce años, pero para su traslación a la pantalla se buscó a una actriz de mayor edad para evitar polémicas) la despoja de cualquier indicio de inocencia, convirtiéndola más en verdugo que en víctima.


Arriba dije que el libro no trataba ciertos aspectos o que olvidaba desarrollar estos personajes. No es eso exactamente lo que sucede; no es que estos dos personajes no estén suficientemente trazados en el libro, sino que la visión que se nos da de ellos resulta mucho más ambigua, en tanto que es siempre la visión que tiene de ellos Humbert. No podemos saber cómo son realmente Lolita y Quilty porque lo que leemos de ellos ha sido escrito por Humbert (obsesivo Humbert, enamorado Humbert, brillante Humbert, demente Humbert…) Lo que la peli hace es dar vida a estos personajes más allá de la imaginación enfermiza del narrador, de la cual no son capaces de escapar en el libro. No llegamos a saber quienes son Lolita y Quilty en la novela, sólo vemos la representación que de ellos hace Humbert (representación de la cual no podemos fiarnos). Sin embargo en el filme sí podemos afirmar que hemos visto quienes son estos personajes independientemente de cualquier visión deformante: se trata de dos personajes enfermos y perdidos, otras dos figuras desesperanzadas recorriendo América en busca de nada. Exactamente como Humbert.

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martes, marzo 13, 2007

Scorsese y los Oscars

Ay los Oscars, esos odiosos premios. Ninguna persona que se tenga por medianamente culta les otorga crédito alguno: “Silvester Stallone tiene los mismos Oscars que Orson Welles”, dicen, y esta razón parece aniquilar cualquier posible prestigio. Y sin embargo, todos los años estamos pendientes de lo que ocurre, más que nada para criticar (“¿Cómo puede ser que le den diez Oscars a Titanic? Vaya mierda de premios…”). Pero cuando gana alguna película que nos ha gustado cómo disfrutamos sacando pecho, recordándolo continuamente: “Te dije que Crash era un peliculón, se merecía el Oscar”. (¿Pero no eran una mierda de premios? ¿Por qué merece ganarlos una peli buena?).


Rosebud nuestros cojones

Este año la frase más repetida en los ambientes LososcarssonunamierdaporquenuncaganaLarsVonTrier es la de “qué irónico que Scorsese haya ganado con una peli menor como Infiltrados y no con
Toro Salvaje o Taxi Driver o Casino…” Y bien, cierto es que el que en su día estas pelis clásicas no ganasen el Oscar puede verse como un error histórico similar al hecho de que ni Borges ni Kafka ni Pessoa ganasen el premio Nobel, pero también es cierto que Infiltrados, a la vista de su competencia, era perfectamente digna de llevarse el Oscar 2007. (Quiero decir, quienes argumentan que Infiltrados no merece el Oscar porque es una peli menor de Scorsese caen en una falacia lógica que sería tal que así: “Toro Salvaje es mejor película que Infiltrados; como Toro Salvaje nunca ganó el Oscar, Infiltrados no puede ganar nunca el Oscar.” Olvidando de este modo que los Oscars se dan cada año a las películas estrenadas ese año, y que lo único imposible lógicamente es que Toro Salvaje gane el Oscar a la mejor película de 2006.)




Queda entonces claro que soy de los que se han alegrado por el Oscar otorgado a Scorsese este año, y no sólo porque sea uno de mis directores favoritos de toda la vida, sino sobre todo porque Infiltrados me parece a día de hoy una gran peli. Cuando salí del cine permanecí durante horas pensando en la película, inmerso en su ambiente asfixiante e impactado por su final (que, por cierto, ha disgustado a mucha gente por parecerles inverosímil; habrá que ver qué piensa esta gente de los finales de Shakespeare). Y cuando volví un poco en mí y fui capaz de emitir algún juicio lo único que me dije fue: el maestro está de vuelta (aunque luego tendría que haber matizado esta frase, porque para mí realmente nunca se había ido: Gangs of New York y, sobre todo, No Direction Home me siguen pareciendo obras maestras.)

Esto, sin embargo no me sucedió cuando vi a su competidora y gran favorita ( a posteriori gran derrotada) para la noche de los Oscars: Babel. Cuando salí de esta película salí frío y me di cuenta de que, siendo una obra que remite directamente a los sentimientos, no había conseguido implicarme casi en ningún momento; no porque fuese una mala película, sino porque estuve en la sala de cine todo el tiempo con la impresión de ya haber visto esa historia. Me explico: Babel es una buena película, pero aporta poco a quien ya haya visto Amores Perros y 21 gramos. Alejandro González Iñárritu construyó estas tres películas sobre unas ideas básicas: la concepción fatalista de la existencia (tan mejicana por otro lado) y la casualidad como elemento crucial que conecta todas nuestras vidas y que sirve como motor de un destino trágico. Estas ideas, presentes en los tres filmes, en teoría deben servir para dar cohesión a la trilogía, a la vez que cada film individual debe intentar aportar algo al punto de vista de los otros dos. Pero sin embargo en la trilogía de Iñárritu estos elementos comunes son demasiando importantes a nivel individual, hasta el punto de que se convierten en los elementos vertebradores de cada film y, como consecuencia, a veces da la impresión de que estamos viendo la misma peli tres veces. Lo único novedoso de Babel frente a sus dos hermanas es el situar las historias enlazadas en un contexto global y multilingüístico, una coartada casi evidente en estos tiempos en los que todo lo que huela a multicultural se toma por profundo y moderno y chachiguay.





Y sin embargo Infiltrados me gusta por eso, porque parece todo el tiempo una historia que ya hemos visto, una historia típica de Scorsese: empezando por el tema, el mundo del hampa y la mafia; siguiendo por ese ritmo trepidante que tienen muchas de sus pelis, que hace que estés agarrado al asiento durante tres horas casi sin que te des cuenta; por la música, sí, otra vez los Rolling, otra vez los setenta; y terminando por ese personaje, Jack Nicholson, que tantas veces Martin ha tratado de dibujar, su último boceto era Bill el carnicero en Gangs of NY, y que al final resulta ser la maldad y el exceso en estado puro, el mismísimo diablo.





Puede que sea contradictorio rechazar una película porque se parece demasiado a sus predecesoras y abrazar otra precisamente por lo mismo, pero eso es lo que ha tenido siempre el cine de Scorsese: que uno desea que no acaben sus pelis, por largas que sean, siempre queremos que haya algo más, que la historia continúe. Y con Infiltrados esa historia, la historia de Malas Calles, de Uno de los nuestros, de Casino, continúa.

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miércoles, enero 24, 2007

Insomnio, chistes de Freud y reflexiones absurdas

Vuelvo a tener insomnio por lo que, dado que los partidos del Open Australia estaban siendo muy aburridos, la otra noche me puse American Beauty. Esta revisión a altas horas de la madrugada me llevó a pensar en lo extraño que resulta que una peli como ésta tenga el increíble éxito del que gozó allá por 1999. Quiero decir: la obra de Sam Mendes supone una crítica a la sociedad estadounidense (y por ende a toda la occidental), pero no es una crítica a las clases dirigentes ni al sistema político o económico, es una crítica a las personas de a pie, a las hormiguitas con nombre y apellidos que una detrás de otra componen esa sociedad, son esa sociedad. Y fueron precisamente esas hormiguitas las que abarrotaron las salas de cine para ir a ver la crítica, para que alguien les dijese a la cara que eran unos hipócritas y que su vida era una vida insustancial y mediocre. En la vida real eso suele ser algo que molesta mucho a la gente, hagan la prueba y bajen a decirle al panadero de la esquina que su vida es una mierda, pero en la sala de cine no sólo se tolera sino que hasta se disfruta.





Quizá una sociedad como ésta, que tiene en la libertad de expresión uno de sus pilares básicos, necesite permitir y consumir periódicamente productos que la nieguen, que la acusen, para poder aplacar la mala conciencia o confirmar que esa libertad existe verdaderamente. Pero ¿y a nivel individual? ¿Por qué vamos al cine a aplaudir películas que atacan frontalmente nuestro estilo de vida y casi nos llaman ignorantes a la cara? Esto es lo llamativo y lo realmente alarmante: al ver esas películas nadie se da por aludido, todos creen que esa crítica se refiere a otros. Nadie se toma ese ataque como un ataque contra él mismo, sino contra la sociedad; nadie, por lo tanto, se siente parte de esa sociedad atacada, sino que pretenden contemplarla desde fuera y casi disfrutar con su destrucción.





La inmensa mayoría de ciudadanos del primer mundo, entonces, no se identifica con su propio estilo de vida ¿Qué significa esto? Quizá sea simplemente la tópica lucha entre lo individual y lo social la que nos hace ver las cosas “desde fuera.” O quizá sea una muestra del descontento general de la gente y un anticipo del cumplimiento de aquella profecía freudiana: “una sociedad que mantiene insatisfechos a la mayoría de sus miembros está condenada a desaparecer.” O quizá sea menos dramático y sea tan sólo otro ejemplo del chiste que Woody Allen atribuye a Groucho Marx, el de que jamás perteneceríamos a un club que tuviese a alguien como nosotros entre sus miembros.

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jueves, enero 18, 2007

Munich

Cuando me dijeron que Spielberg preparaba una película sobre Septiembre Negro y la masacre de Múnich me eché las manos a la cabeza: otro relato sentimentalón y lacrimógeno como La Lista de Schlindler o El color púrpura, pensé en aquel momento. Y sin embargo, desde la primera vez que la vi, Munich me pareció una película impecable, hasta el punto de que creo que se ha situado entre mis tres favoritas del director (al cual admiro mucho, dicho sea de paso), junto con el Soldado Ryan y Parque Jurásico.






Para empezar, Munich no es nada maniquea ni manipuladora: tiene el acierto de tratar un tema políticamente espinoso como si fuera un thriller de espías setentero (hay referencias constantes a filmes como Chacal y The French Connection y, amigos, Chacal y French Connection son las mejores pelis de la historia), centrándose más en la construcción de una intriga interesante que en intentar opinar sobre el tema; rehuye emitir juicios globales o ideológicos y se centra en los sentimientos individuales de cada personaje: el resentimiento, el odio, la culpa… Es por eso que el mensaje de la película acaba siendo tremendamente pesimista: el protagonista Eric Bana hundido por el arrepentimiento, el miedo y la paranoia, perseguido por el bando palestino y abandonado por el israelí, se convierte en metáfora de la absurda espiral que provoca la venganza, sobre todo si es perpetrada en términos tan difusos como los de nación o raza. De este modo lo que en un principio es un filme político se acaba convirtiendo en una exploración de las miserias humanas: los agentes secretos enviados por el Mossad y encabezados por Bana comienzan su cruzada contra los enemigos de Israel llenos de fe en su causa, convencidos de estar realizando un acto de verdadero patriotismo, pero conforme la película va avanzando esta creencia se va desmoronando y sólo queda la sangre, los nombres individuales de las personas asesinadas. Su viaje por toda Europa en busca de justicia se convierte entonces en un descenso a los infiernos; ellos mismos son testigos de cómo paulatinamente se van convirtiendo en auténticos monstruos: la causa va perdiendo sentido y la matanza es continuada por motivos puramente personales, hasta el punto de que no dudan en añadir a su lista de asesinatos nombres que no estaban relacionados con la matanza de Múnich y que, por tanto, no eran objetivos del Mossad.






Precisamente es por ese anteponer el plano individual al nacional o ideológico que ambos bandos, tanto el judío como el palestino, criticaron Munich duramente: porque lo que esta película hace es poner de relieve el absurdo de cualquier causa, sea religiosa, económica o de defensa nacional frente al terrorismo, que tiene en las armas su modo de expresión (hagan ustedes las comparaciones pertinentes con la actualidad).

Incluso la morralla familiar que Steven se empeña en meter con calzador en todas sus pelis (probablemente el gran pero de su filmografía) resulta coherente en esta ocasión: el protagonista, Eric Bana, es un hombre perturbado por la figura de su padre, un antiguo héroe del estado de Israel, que se debate entre seguir un camino propio o responder a lo que todos esperan de él como Hijo Predilecto. Parece que, más que por patriotismo, los horribles asesinatos que perpetra se deben a su intento de responder ante la figura de ese padre ausente y, sin embargo, a veces muestra verdadera repulsa hacia ese rol que se le ha asignado e intenta rebelarse contra él (como se ve en las escenas en que aparece su madre).

En definitiva se trata del filme más arriesgado de Spielberg hasta la fecha. Justo ahora que es uno de los hombres más poderosos de Hollywood aparece esta película inquietante, dura, escabrosa, peliaguda en el tema político en el que ha conseguido lo más difícil: poner de acuerdo a las dos partes del conflicto palestino-israelí en su condena.

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viernes, octubre 13, 2006

Ciudades palimpsesto



Ciudades que no existen, ciudades que están vacías como una pompa de jabón o una metáfora. Ciudades que son tantas y tantas palabras, tantas películas, tantos cuadros y quizá alguna postal. Ciudades creadas por el sueño de otros y a las que la gente viaja para vivir en el sueño de otros. No hablo de turismo, hablo de hacer las maletas y marcharse a un lugar real queriendo convertirse en un personaje de ficción.

París, ciudad creada con palabras escritas sobre otras palabras, ciudad literatura. Insostenible sin sus escritores, sin los mil poemas que han dibujado sus esquinas o los pintores que han dado nombre a sus calles. Por eso los franceses no saben vivir en París, porque para ellos siempre ha estado allí, creen que el Pont des arts existía antes de Les Éditions de minuit o de la Maga, creen que Hemingway no construyó la Rue Mouffetard. Han nacido allí, no hacen peregrinación buscando ese sueño. Por eso París pertenece a los extranjeros, a los peregrinos. (Hubo una época en que yo paseé por allí, pasaba los días muertos andando por París como quien relee un libro sin seguir su orden natural, saltando de una calle a otra como si fueran los capítulos de una gran novela).

Una esquina de Nueva York en la que Bogart enciende un cigarrillo nada más bajar del taxi en Más dura será la caída. Peter Parker dejando caer una rosa desde el puente de Brooklin en memoria de su novia muerta. Woody Allen y Diane Keaton enamorándose por enésima vez delante del mismo puente…


Los Ángeles en las novelas de Raymond Chandler.

Oxford en Todas las almas.

Nueva Orleáns en los discos del Professor Longhair.

El Missisipi en Exile on Main st (grabado a miles de kilómetros).

El Mississipi en Mark Twain.

El sur de Francia visto a través de tus ojos

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jueves, octubre 12, 2006

Bande à part

Esta escena de Bande à part de Godard me hace feliz:




La canción, obviamente, no es la que suena en la peli original, es de un grupo actual llamado Nouvelle vague.

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martes, septiembre 05, 2006

Septiembre, mes soprano



Discretamente, casi de clandestino, septiembre es un mes Soprano. No podremos hablar de una Sopranomanía porque esta estupenda serie (quizá la mejor de la historia de la televisión, como ya dije en otro lugar) no ha terminado de calar en nuestro país, pese a que Canal + y la Sexta la han emitido con mayores escrúpulos y respeto de los que suelen utilizar las cadenas españolas para programar series extranjeras y pese a que no son pocas las voces “autorizadas” que la reivindican y recomiendan por doquier (entre ellos mi admirado Javier Marías, que ha dedicado varios artículos en la prensa nacional a la serie, y Antonio Gasset, el payaso de Días de Cine que comentó que el mejor cine de los últimos diez años lo había visto, paradójicamente, en la TV, viendo Los Soprano). Pese a esto, digo, la serie cuenta con pocos seguidores en España en comparación con otras que han surgido tras su estela y el boom de las series de televisión por cable, de temática más adulta. Pero aún así, no podemos negar que Los Soprano están de actualidad por varios motivos: primero porque Canal + comienza a emitir en horario de máxima audiencia la sexta temporada, la última hasta el momento, sólo un par de meses después de su emisión en EEUU. Segundo porque uno de los directores habituales de la serie, Allen Coulter (también fogueado en otras series de éxito como Sexo en Nueva York o A dos metros bajo tierra) acaba de estrenar su primer largometraje en Venecia,Hoolywoodland , con excelentes críticas. Y tercero porque el fiera de James Gandolfini vuelve a ser noticia, esta vez por un accidente de moto a gran velocidad (bastante grave al parecer) que ha obligado a retrasar el rodaje de la séptima temporada hasta 2007.





Pues todo esto y el hecho de no tener nada que hacer son motivos suficientes para intentar hacer una enumeración de unos cuantos elementos por los que considero Los Soprano la serie imprescindible. No están todos los que son, por supuesto, pero allá voy:

1. Habría que empezar reflexionando sobre la atracción que las historias de la mafia ejercen sobre el público, sobre todo masculino. Esto lo hablé una vez con mi amiga Irene: ¿es porque la sensación de poder, unida a la imagen del fuera de la ley espolea nuestra mentalidad adolescente? ¿Es por el romanticismo de mantener en el siglo XXI unos estrictos códigos de conducta basados en el honor y la lealtad? ¿Es porque los mafiosos siempre están en puticlubs y barras americanas? Pudiera ser eso, sí, pero no solamente…

2. En la primera temporada un personaje dice que la mafia ha pasado a formar parte del imaginario cultural norteamericano, que las películas de mafiosos son similares a los westerns en la formación de una tradición literaria en el siglo XX, etc, etc. Conscientes de ello, en Los Soprano se realiza una reflexión constante sobre el género de mafias y se aporta un elemento ausente en sus precedentes: los mafiosos ven películas de mafiosos y les gustan. Así se establece un dialogo con el género al que se adscribe la serie, pero que se subvierte y desautomatiza (oh, sí, estaba deseando utilizar esa palabra), exactamente como Don Quijote con los libros de caballerías: Toni, que es un cinéfilo empedernido, ama El enemigo público -en cuyo protagonista se basó David Chase para crear su personaje- y la trilogía del Padrino, pero detesta Uno de los nuestros -claro, ahí gana el malo, la rata, el chivato, lo más bajo que puede llegar a caer un hombre-. A su hija Meadow sus amigos de la universidad le preguntan si su vida es como la de Sharon Stone en Casino y el joven Christopher piensa que los problemas entre familias deben solucionarse “como en la escena final de Scarface, con un par de metralletas en cada mano.” Luego hay personajes que detestan el cine de mafias porque fomenta un estereotipo negativo de los ítaloamericanos y la reflexión sobre las "mob movies" se torna en otra sobre la huella de la cultura italiana en Estados Unidos.

3. Por su humor negro. A menudo cuando hablo con alguien que nunca ha visto la serie me pregunta: ¿pero eso es de risa? Pues no exactamente, pero sí, también. Los Soprano tiene aires de tragedia pero con elementos de humor muy negro, demasiado negro. Y amargo: uno se ríe de la muerte de los personajes, de su torpeza o incultura... Para la memoria queda el capítulo “Pine Barrens”, dirigido por Steve Buscemi: -“Los rusos son unos cabrones ¿no recuerdas cuando pusieron sus misiles atómicos en Cuba apuntando hacia nosotros?” –“ No jodas que eso pasó de verdad, pensaba que era una peli.”

4. Por su audacia, que sobrepasa con mucho la del formato televisivo o la del género de mafias. En Los Soprano rara vez se dicen las cosas, sólo se insinúan y a menudo es difícil saber qué ha pasado realmente. Y luego están esos capítulos “experimentales”, como los de los sueños de Toni que son propios de una peli de David Lynch.

5. Por la música. Siempre salen canciones chulas: digan lo que digan, ningún fan de los Rolling había reparado en lo buena que es Thru & Thru hasta que apareció en la serie y se puso de moda; y la escena de Toni hablando de los Chi-Lites con un sindicalista negro en una sauna vale más que la vida.

6. El personaje de Toni, que es de una complejidad inusual en la televisión e incluso también en el cine. Astuto como un zorro, brutalmente violento de puertas para fuera, débil y depresivo de puertas para dentro. Perturbado por la escala de valores que ha heredado y por la forma en que se gana la vida (que él no eligió), pero incapaz de deshacerse de ella, es más sin voluntad de deshacerse de ella.

7. Adriana LaCerva- Drea de Matteo

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viernes, junio 02, 2006

Centauros del desierto

Ayer volví a ver Centauros del Desierto. Ya sé que no es nada original decirlo, pero es una de mis películas favoritas. Podría decir muchas cosas sobre ella, podría hablar de la impresionante fotografía, de la poética concepción del paisaje, de los espacios abiertos como símbolo de libertad… Sin embargo si hay algo por lo que me gusta en especial esta película es por su inolvidable protagonista, Ethan Edwards, interpretado por John Wayne en la que no sé si será la mejor actuación de su carrera pero sí es sin duda el mejor personaje que pudo interpretar. Ethan es uno de los mayores aciertos de Centauros, es el elemento que la diferencia del resto de obras de Ford y el que la hace ser un punto de inflexión en el cine del oeste. Si ya Ford con La Diligencia inauguró el período del western clásico, con Centauros clausura ese período, anticipando elementos característicos de los renovadores del género de los años 60 y 70 como Sam Pekimpah o Sergio Leone. Y esto lo consigue precisamente a través del personaje de Ethan, un héroe realista y menos idealizado que los de sus anteriores películas.




En comparación con otros papeles de Wayne, Ethan es un personaje demasiado oscuro para la época, no es el tipo duro y reservado pero de buen corazón, sino un ser lleno de odio y resentimiento. Durante la película lo vemos cometer una y otra vez actos de una crueldad inusitada en un protagonista: profanar la tumba de un cherokee y disparar a los ojos del cadáver, atacar a una manada entera de búfalos con el fin de acabar con la caza y provocar el hambre entre las tribus que habitan el valle… La búsqueda obsesiva que durante cinco años lleva a cabo junto a Martin no tiene como fin salvar a su sobrina, sino la simple venganza, saciar la ira que habita en su interior (y que es insaciable, por supuesto). Esto lo relaciona con el que es seguramente el mayor personaje de la literatura norteamericana, el capitán Ahab de Moby Dick: los dos son personajes obsesionados con la venganza, inmersos en una ciega búsqueda imposible que sólo les conduce, y ambos lo saben, a su autodestrucción. Ambos son don quijotes demoníacos enfrentados a la creación misma (Ahab a una invencible ballena blanca, Ethan al impresionante paisaje en que se desarrolla Centauros y frente al que el hombre se siente empequeñecido). No es de extrañar entonces que Scorsese reconociese que se inspiró directamente en Ethan para elaborar su Travis de Taxi Driver: la condición de solitario enfrentado a toda la sociedad, la visión distorsionada de la realidad y la demencial escala de valores del psicópata interpretado por Robert de Niro están ya presentes en Ethan Edwards.




Se ha escrito que la larga búsqueda que Ethan y Martin llevan a cabo a través del desolado paisaje del sur de los Estados Unidos es en realidad una búsqueda de la redención, de la paz interior en una tierra marcada por la violencia. Eso es cierto en el caso de Martin, que nunca olvida que su fin último es recatar a Debbie y que, a través de este rescate, podrá olvidar los fantasmas del pasado (sus remordimientos por no haber estado en casa el día en que su familia fue asesinada) y empezar una nueva vida. Ethan sin embargo tiene como objetivo último la venganza y no dudará en intentar matar a su sobrina cuando descubra que ésta ha aceptado el modo de vida de los cherokees; no le importa salvar a nadie sino simplemente saciar la ira que desborda su interior. Es revelador el hecho de que en la novela de Alan le May en que se basa The Searchers, el personaje de Ethan no perdona a su sobrina y muere al final intentando asesinarla, cegado aún por su odio irracional. Ford sin embargo prefirió cambiar ese final y hacer que Ethan acepte a Debbie y la rescate de los cherokees, otorgándole de este modo esa redención que él no buscaba y que quizá ni siquiera merecía. Redención que, como señalaría Clint Eastwood en Sin perdón casi cuarenta años después, no es posible: no hay perdón, nuestros crímenes pasados seguirán visitándonos como fantasmas en medio de la noche, estamos inevitablemente condenados al infierno de nuestros remordimientos.




De este modo, Ford pone de manifiesto la delicada línea entre el héroe y el psicópata. Tal y como después explotaron Pekimpah, Leone o el propio Eastwood, la fígura del cow-boy, uno de los mitos fundadores de la cultura estadounidense, es en realidad una figura brutal y violenta, con las manos manchadas en sangre. Los western modernos proponen una reflexión sobre la violencia que subyace bajo los pilares de nuestra cultura, más aún: una reflexión sobre los mares de sangre y muerte en que se asienta toda nuestra civilización. En un determinado momento de la película, un personaje de Centauros dice de la tierra en que viven que es una tierra de muerte y desolación, pero que quizá algún día pueda convertirse en un lugar habitable y próspero para otras generaciones venideras. Pero ¿podrán esas generaciones venideras soportar el peso de su pasado?

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martes, diciembre 06, 2005

Match Point

Hace ya dos semanas que vi Match Point la última de Woody Allen, y desde la misma noche que salí del cine llevo pensando en la peli y dudando si debía escribir algo sobre ella o no. Al final me he animado y he aquí algunas ideas algo desordenadas:



Para empezar, esta película debe ser motivo de sonrojo para todos aquellos que aún tienen ganas de minusvalorar la filmografía de Woody queriendo limitarla al género de comedia romántica-intelectual en el que tan bien se desenvuelve (la tópica afirmación de que “todas las películas de Woody Allen son iguales”). Match Point supone un nuevo rizo en su carrera en busca del drama más clásico. No se trata en realidad de algo realmente novedoso, ya que otras veces ha despojado a sus filmes de su inimitable humor (ya sea parcial, Delitos y faltas, o totalmente, Interiores), sino una clara muestra de sus recursos como director más allá del estilo que le ha hecho famoso, de su amor por el cine y su amplio conocimiento de los géneros. De este modo Match Point cuenta una historia de amor (la del típico triángulo) con trágico desenlace, con tintes de thriller y de cine negro de la época clásica, con unos pocos toques de humor negro e incluso alguna que otra escena de suspense solventada con un pulso que ni Hitchcock. Y todo envuelto en la desnudez de medios que tan bien ha sabido heredar de Bergman.


La mujer más guapa del cine actual. Es un hecho objetivo

Al director sueco había que llegar, porque no olvidemos que siempre ha sido uno de sus más admirados maestros y porque este es un drama eminentemente bergmaniano. De él aprendió el preciso (y precioso) estudio de la introspección humana, la delicada disección de los sentimientos de sus personajes más allá de la narración de una historia. Match Point es una película de personajes, de un personaje sobre todo, el argumento además de simplón es poco original: más de uno podrá encontrarlo insultantemente parecido al de una de las historias de Delitos y Faltas. ¿Y qué? La película se sostiene sin contar nada, lo importante es asistir al derribo moral de Chris, al lento proceso en el que lo vemos consumirse entre la prosperidad social y económica que le proporciona su esposa y la pasión carnal de su amante, Scarlett Johansson. Cuando Chris al fin toca fondo, la película deriva en una reflexión sobre la culpa: las referencias a Crimen y Castigo son constantes, pero a diferencia de Raskolnikov, que acaba confesando su crimen para aplacar su conciencia y lograr algo de paz interior, Chris decide guardar silencio. Esta decisión cobarde se debe más al temor a defraudar al nuevo orden que le ha aceptado, el de la alta sociedad londinense, que al deseo de no ser ajusticiado. Porque éste será a la vez el mayor castigo de Chris, el escapar impune a su crimen, el tener que vivir el resto de su vida sin haber pagado por sus actos: el final del filme nos muestra a Chris en su casa con toda la familia, en una supuesta escena de felicidad, pero un primer plano de su rostro enseña sus ojos completamente ennegrecidos, como si no tuviera visión del mundo más allá de su propio interior, como si ya estuviera muerto. Poco antes hemos asistido a otra turbadora imagen: cuando los dos fantasmas vuelven en la noche para pedirle cuentas (recurso medio fantástico que Woody Allen ya ha utilizado alguna vez, Desmontando a Harry o Historias de Nueva York, pero que despojado de humor en esta ocasión y revestido de cierta gravedad, me ha recordado a Shakespeare, casi nada) y Chris profiere la conclusión última de la película: la demostración de que, si puede escapar sin castigo por su horrible crimen, no existen ni la justicia ni la moral, el mundo carece de sentido.

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viernes, octubre 28, 2005

Buscaos la vida

En espera de que se emita la minitemporada de ocho capítulos de los Soprano, que supondrá definitivamente el final de la serie y por consecuencia del mundo tal y como lo conocemos, y algo decepcionado por la segunda temporada de Perdidos, que me trago todas las semanas en VOSE como un gafapasta aficionado al cine iraní cualquiera, me he visto obligado a tirar de videoteca y revisar uno de los Grandes Clásicos de la Cultura de Occidente Megaguay: Búscate la vida.

yeeeeeeeh

Curiosamente esta serie, que en su día pasó como una gamberrada sin más producto del delirio de unas mentes cuarentonadolescentes como la de su protagonista Chris Peterson, goza hoy de cierto prestigio intelectual que se verá sin duda incrementado por haber sido nombrada en este excelso blog. Así que, internauta incauto, recuerde: si dentro de unos años Tim Burton hace un remake y se pone de moda entre los lectores del País de las Tentaciones, que alaban su implacable condición posmoderna y su metafísica desautomatización del lenguaje televisivo, usted ya lo leyó aquí antes, que no se hagan los chulos.

En lo que estábamos, la serie contó con guionistas como Charlie Kauffman o David Mirkin. El éxito posterior de estos dos delata la homosexualidad encubierta de quienes criticaron la serie en su día (Kauffman escribió los guiones de pelis como Adaptation, Cómo ser John Malkovich u Olvídate de mí, Mirkin es conocido por su trabajo en Los Simpsons, casi nada). Precisamente el humor gamberro y surrealista de la época clásica de los Simpson aparece ya en Búscate la vida, y el Homer más colgado y demente debe mucho a nuestro Chris.

(Aprovecho, ya que he dicho lo de época clásica, para lanzar al mundo mi teoría sobre la periodización de las etapas de los Simpsons, que sigue una trayectoria similar a la del arte de la Grecia Antigua, esto es: un Período Arcaico, que serían aproximadamente las dos o tres primeras temporadas en las que la serie aún no se despega demasiado de los cánones de la telecomedia americana de toda la vida (¿He sido yooo? + Final feliz), los personajes no se han desarrollado del todo, lo cual se notará sobre todo en Homer, y el dibujo es más tosco y de un amarillo rancio. Un Período Clásico, que duraría hasta la temporada trece o catorce, que todo el mundo conoce, que es la hostia en vinagre y flipa la perra por la oreja izquierda, todo pintadito con un color amarillo chillón lisérgico. Finalmente una época helenística en la que los Simpsons entran en crisis y empiezan a barroquizarse, retorciendo sus códigos y convirtiéndose en una constante referencia a sí mismos, pierden originalidad. Estos últimos episodios están bien, sí, pero mucho mejor Futurama).

Y para concluir, enumeración de momentos chanantes de Búscate la vida que habrán de ser glorificados por las generaciones venideras:

- Chris gana un submarino con las cajas de los cereales del desayuno y lo monta en su bañera.
- Chris intenta batir el record Guiness de cantidad de chatarra que una persona es capaz de colocarse sobre el cuerpo.
- Chris entabla contacto con un extraterrestre, el inefable Vomitón.
- Chris se cae de un avión y pasa todo el trayecto hasta el suelo recordando su vida (esta caíada si no recuerdo mal, ocupaba varios captulos).
- Chris combate contra Repartidor 2000 (o algo así), una máquina mega-moderna creada para repartir periódicos que amenaza con dejar sin trabajo al noble gremio de repartidores en bici, al cual pertenece nuestro héroe.

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