lunes, enero 29, 2007

Los peces no quieren salir de la pecera



Esta semana pasada estuve en París e hice todas las cosas que me gustaba hacer cuando vivía (allí): comer sushi en la Rue Monsieur le Prince, comer fondue (y beber vino) en el Refuge des fondues, molestar a los anticuarios de Saint-Germain-des-prés, sentarme a mirar a los skaters en la explanada de la Défense, tomar el sol en la Place des Vosges…

(M labios de mercurio.)

Compré varios libros viejos y una botella de Mouton-Rothschild; cometí el error imprudente de guardarlos en la misma bolsa. Al llegar a España la bolsa se me cayó y la botella se rompió. Sólo he podido salvar una primera edición de El amante de Marguerite Duras. Los otros libros que había comprado mejor ni nombrarlos, porque ya no existen.

(Mis dedos perdidos en tu pasado, el sol que nunca atravesó las persianas.)

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miércoles, enero 24, 2007

Insomnio, chistes de Freud y reflexiones absurdas

Vuelvo a tener insomnio por lo que, dado que los partidos del Open Australia estaban siendo muy aburridos, la otra noche me puse American Beauty. Esta revisión a altas horas de la madrugada me llevó a pensar en lo extraño que resulta que una peli como ésta tenga el increíble éxito del que gozó allá por 1999. Quiero decir: la obra de Sam Mendes supone una crítica a la sociedad estadounidense (y por ende a toda la occidental), pero no es una crítica a las clases dirigentes ni al sistema político o económico, es una crítica a las personas de a pie, a las hormiguitas con nombre y apellidos que una detrás de otra componen esa sociedad, son esa sociedad. Y fueron precisamente esas hormiguitas las que abarrotaron las salas de cine para ir a ver la crítica, para que alguien les dijese a la cara que eran unos hipócritas y que su vida era una vida insustancial y mediocre. En la vida real eso suele ser algo que molesta mucho a la gente, hagan la prueba y bajen a decirle al panadero de la esquina que su vida es una mierda, pero en la sala de cine no sólo se tolera sino que hasta se disfruta.





Quizá una sociedad como ésta, que tiene en la libertad de expresión uno de sus pilares básicos, necesite permitir y consumir periódicamente productos que la nieguen, que la acusen, para poder aplacar la mala conciencia o confirmar que esa libertad existe verdaderamente. Pero ¿y a nivel individual? ¿Por qué vamos al cine a aplaudir películas que atacan frontalmente nuestro estilo de vida y casi nos llaman ignorantes a la cara? Esto es lo llamativo y lo realmente alarmante: al ver esas películas nadie se da por aludido, todos creen que esa crítica se refiere a otros. Nadie se toma ese ataque como un ataque contra él mismo, sino contra la sociedad; nadie, por lo tanto, se siente parte de esa sociedad atacada, sino que pretenden contemplarla desde fuera y casi disfrutar con su destrucción.





La inmensa mayoría de ciudadanos del primer mundo, entonces, no se identifica con su propio estilo de vida ¿Qué significa esto? Quizá sea simplemente la tópica lucha entre lo individual y lo social la que nos hace ver las cosas “desde fuera.” O quizá sea una muestra del descontento general de la gente y un anticipo del cumplimiento de aquella profecía freudiana: “una sociedad que mantiene insatisfechos a la mayoría de sus miembros está condenada a desaparecer.” O quizá sea menos dramático y sea tan sólo otro ejemplo del chiste que Woody Allen atribuye a Groucho Marx, el de que jamás perteneceríamos a un club que tuviese a alguien como nosotros entre sus miembros.

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jueves, enero 18, 2007

Munich

Cuando me dijeron que Spielberg preparaba una película sobre Septiembre Negro y la masacre de Múnich me eché las manos a la cabeza: otro relato sentimentalón y lacrimógeno como La Lista de Schlindler o El color púrpura, pensé en aquel momento. Y sin embargo, desde la primera vez que la vi, Munich me pareció una película impecable, hasta el punto de que creo que se ha situado entre mis tres favoritas del director (al cual admiro mucho, dicho sea de paso), junto con el Soldado Ryan y Parque Jurásico.






Para empezar, Munich no es nada maniquea ni manipuladora: tiene el acierto de tratar un tema políticamente espinoso como si fuera un thriller de espías setentero (hay referencias constantes a filmes como Chacal y The French Connection y, amigos, Chacal y French Connection son las mejores pelis de la historia), centrándose más en la construcción de una intriga interesante que en intentar opinar sobre el tema; rehuye emitir juicios globales o ideológicos y se centra en los sentimientos individuales de cada personaje: el resentimiento, el odio, la culpa… Es por eso que el mensaje de la película acaba siendo tremendamente pesimista: el protagonista Eric Bana hundido por el arrepentimiento, el miedo y la paranoia, perseguido por el bando palestino y abandonado por el israelí, se convierte en metáfora de la absurda espiral que provoca la venganza, sobre todo si es perpetrada en términos tan difusos como los de nación o raza. De este modo lo que en un principio es un filme político se acaba convirtiendo en una exploración de las miserias humanas: los agentes secretos enviados por el Mossad y encabezados por Bana comienzan su cruzada contra los enemigos de Israel llenos de fe en su causa, convencidos de estar realizando un acto de verdadero patriotismo, pero conforme la película va avanzando esta creencia se va desmoronando y sólo queda la sangre, los nombres individuales de las personas asesinadas. Su viaje por toda Europa en busca de justicia se convierte entonces en un descenso a los infiernos; ellos mismos son testigos de cómo paulatinamente se van convirtiendo en auténticos monstruos: la causa va perdiendo sentido y la matanza es continuada por motivos puramente personales, hasta el punto de que no dudan en añadir a su lista de asesinatos nombres que no estaban relacionados con la matanza de Múnich y que, por tanto, no eran objetivos del Mossad.






Precisamente es por ese anteponer el plano individual al nacional o ideológico que ambos bandos, tanto el judío como el palestino, criticaron Munich duramente: porque lo que esta película hace es poner de relieve el absurdo de cualquier causa, sea religiosa, económica o de defensa nacional frente al terrorismo, que tiene en las armas su modo de expresión (hagan ustedes las comparaciones pertinentes con la actualidad).

Incluso la morralla familiar que Steven se empeña en meter con calzador en todas sus pelis (probablemente el gran pero de su filmografía) resulta coherente en esta ocasión: el protagonista, Eric Bana, es un hombre perturbado por la figura de su padre, un antiguo héroe del estado de Israel, que se debate entre seguir un camino propio o responder a lo que todos esperan de él como Hijo Predilecto. Parece que, más que por patriotismo, los horribles asesinatos que perpetra se deben a su intento de responder ante la figura de ese padre ausente y, sin embargo, a veces muestra verdadera repulsa hacia ese rol que se le ha asignado e intenta rebelarse contra él (como se ve en las escenas en que aparece su madre).

En definitiva se trata del filme más arriesgado de Spielberg hasta la fecha. Justo ahora que es uno de los hombres más poderosos de Hollywood aparece esta película inquietante, dura, escabrosa, peliaguda en el tema político en el que ha conseguido lo más difícil: poner de acuerdo a las dos partes del conflicto palestino-israelí en su condena.

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miércoles, enero 17, 2007

Micah P. Hinson



La voz de Micah P. Hinson es profunda y misteriosa, oscura y primitiva. Su música suena milenaria y petrificada, como si hubiera estado ahí toda la eternidad. No cabe hablar de etiquetas: su maridaje de estilos europeos y americanos trae como resultado una expresión llanamente humana. Su tono nocturno y desgarrado conlleva una sinceridad de sentimientos que, en ocasionas, resulta violenta. Escucharle cantar es asistir a una celebración pagana del dolor de estar vivo

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