Ayer volví a ver
Centauros del Desierto. Ya sé que no es nada original decirlo, pero es una de mis películas favoritas. Podría decir muchas cosas sobre ella, podría hablar de la impresionante fotografía, de la poética concepción del paisaje, de los espacios abiertos como símbolo de libertad… Sin embargo si hay algo por lo que me gusta en especial esta película es por su inolvidable protagonista, Ethan Edwards, interpretado por John Wayne en la que no sé si será la mejor actuación de su carrera pero sí es sin duda el mejor personaje que pudo interpretar. Ethan es uno de los mayores aciertos de
Centauros, es el elemento que la diferencia del resto de obras de Ford y el que la hace ser un punto de inflexión en el cine del oeste. Si ya Ford con
La Diligencia inauguró el período del western clásico, con
Centauros clausura ese período, anticipando elementos característicos de los renovadores del género de los años 60 y 70 como Sam Pekimpah o Sergio Leone. Y esto lo consigue precisamente a través del personaje de Ethan, un héroe realista y menos idealizado que los de sus anteriores películas.
En comparación con otros papeles de Wayne, Ethan es un personaje demasiado oscuro para la época, no es el tipo duro y reservado pero de buen corazón, sino un ser lleno de odio y resentimiento. Durante la película lo vemos cometer una y otra vez actos de una crueldad inusitada en un protagonista: profanar la tumba de un cherokee y disparar a los ojos del cadáver, atacar a una manada entera de búfalos con el fin de acabar con la caza y provocar el hambre entre las tribus que habitan el valle… La búsqueda obsesiva que durante cinco años lleva a cabo junto a Martin no tiene como fin salvar a su sobrina, sino la simple venganza, saciar la ira que habita en su interior (y que es insaciable, por supuesto). Esto lo relaciona con el que es seguramente el mayor personaje de la literatura norteamericana, el capitán Ahab de
Moby Dick: los dos son personajes obsesionados con la venganza, inmersos en una ciega búsqueda imposible que sólo les conduce, y ambos lo saben, a su autodestrucción. Ambos son don quijotes demoníacos enfrentados a la creación misma (Ahab a una invencible ballena blanca, Ethan al impresionante paisaje en que se desarrolla Centauros y frente al que el hombre se siente empequeñecido). No es de extrañar entonces que Scorsese reconociese que se inspiró directamente en Ethan para elaborar su Travis de
Taxi Driver: la condición de solitario enfrentado a toda la sociedad, la visión distorsionada de la realidad y la demencial escala de valores del psicópata interpretado por Robert de Niro están ya presentes en Ethan Edwards.
Se ha escrito que la larga búsqueda que Ethan y Martin llevan a cabo a través del desolado paisaje del sur de los Estados Unidos es en realidad una búsqueda de la redención, de la paz interior en una tierra marcada por la violencia. Eso es cierto en el caso de Martin, que nunca olvida que su fin último es recatar a Debbie y que, a través de este rescate, podrá olvidar los fantasmas del pasado (sus remordimientos por no haber estado en casa el día en que su familia fue asesinada) y empezar una nueva vida. Ethan sin embargo tiene como objetivo último la venganza y no dudará en intentar matar a su sobrina cuando descubra que ésta ha aceptado el modo de vida de los cherokees; no le importa salvar a nadie sino simplemente saciar la ira que desborda su interior. Es revelador el hecho de que en la novela de Alan le May en que se basa
The Searchers, el personaje de Ethan no perdona a su sobrina y muere al final intentando asesinarla, cegado aún por su odio irracional. Ford sin embargo prefirió cambiar ese final y hacer que Ethan acepte a Debbie y la rescate de los cherokees, otorgándole de este modo esa redención que él no buscaba y que quizá ni siquiera merecía. Redención que, como señalaría Clint Eastwood en
Sin perdón casi cuarenta años después, no es posible: no hay perdón, nuestros crímenes pasados seguirán visitándonos como fantasmas en medio de la noche, estamos inevitablemente condenados al infierno de nuestros remordimientos.
De este modo, Ford pone de manifiesto la delicada línea entre el héroe y el psicópata. Tal y como después explotaron Pekimpah, Leone o el propio Eastwood, la fígura del cow-boy, uno de los mitos fundadores de la cultura estadounidense, es en realidad una figura brutal y violenta, con las manos manchadas en sangre. Los western modernos proponen una reflexión sobre la violencia que subyace bajo los pilares de nuestra cultura, más aún: una reflexión sobre los mares de sangre y muerte en que se asienta toda nuestra civilización. En un determinado momento de la película, un personaje de Centauros dice de la tierra en que viven que es una tierra de muerte y desolación, pero que quizá algún día pueda convertirse en un lugar habitable y próspero para otras generaciones venideras. Pero ¿podrán esas generaciones venideras soportar el peso de su pasado?
Etiquetas: cine, john ford